De otro tiempo

“Que bonito es el Fandango
al amanecer el día
en el silencio del campo
cuando voy de cacería,
unos tragos de aguardiente
con agua de manantiales
y si supieran la gente
estos ratos cuanto valen”

Estas navidades como todos los años, mi familia paterna se reúne en casa de mi abuela en un pequeño pueblo extremeño llamado Trujillanos, cercano a Mérida. Es un lugar de esos en los que parece que el tiempo pasa más despacio. Una tarde cualquiera, después de una generosa comida típica de pueblo, mi abuela se sentaba junto a la chimenea armada con sus agujas de punto y su ovillo de lana haciendo un jersey mientras hablábamos de la desvirtuación del Cante Jondo y todo el mundo asociado a este, entonces mi abuela me contó como era para ella su porción de ese mundo en su niñez, ese que ya no se reconoce hoy día, en un cortijo de la España de la posguerra a principios de los años cincuenta.

Después de un día de trabajo cualquiera en el campo, los hombres de la familia, campesinos todos ellos, volvían a cenar junto a las mujeres de la familia, que habían tejido, cosido, fregado, limpiado, cocinado, echado de comer a los animales, y un largo etcétera de “ados,” todos junto al calor del fuego, en esas gañanías.

En cuando en cuando aparecía el tío Fernando, un hombre mayor, pastor de ovejas de profesión y cantaor de afición, que volvía de sacar a pastar al rebaño acompañado de su perro, su vara, y su bota de vino.

Aficionado al Cante Flamenco, Fernando “el Castañuelas” como le llamaban, según mi abuela porque estaba siempre más feliz que unas castañuelas, era natural de Don Benito, otro pueblo de la provincia de Badajoz. Entre otros artistas, era muy aficionado a los cantes de la Niña de los Peines y según mi abuela era poseedor de una gran voz además de una gran afición al cante.

Después de cenar, el tío Fernando gustaba de beber algo de vino para alegrar el espíritu, acompañados de buñuelos, de los que era un enamorado, que la abuela de mi abuela preparaba con gusto para él, y cuando este se encontraba a gusto amenizaba la noche a la familia cantando, sin guitarra, algunos palos flamencos como soleares, siguiriyas, fandangos y bulerías. Algunas noches amanecía en las gañanías con los cantes de Fernando “el Castañuelas”.

Miguel Romero Torres

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