Categoría: Nostalgia y Fandangos

Nostalgia de pureza

“No me vengas a liar
con las cuentas del mercado,
que en eso los mercaderes
son los más aprovechados”

Nostalgia de coger un disco, darle la vuelta y saber lo que va uno a escuchar, nostalgia de que la Soleá suene a Soleá y no a otra cosa.

Es innegable que todo cambia con el paso del tiempo y el Flamenco también, pero hay cosas que no pueden cambiar porque ya se han definido previamente. Sería como intentar cambiar el significado de una palabra sencilla, por ejemplo “silla”, y usarlo para otra palabra, desvirtuando así el concepto de silla, aunque en nuestro caso es aún más grave, al menos a mi entender.

En parte debido a los muchos componentes no solo musicales intrínsecos en la palabra Flamenco, pero ¿y si esta cosa predefinida cambia hasta tal punto que no se asemeja a su origen? ¿no debería también de cambiar el nombre de la cosa? ¿Por qué utilizar un nombre que ya tiene un significado para algo totalmente diferente?

Si la cosa cambia el nombre debería cambiar también para identificar la cosa en concreto y no confundirla con la cosa preexistente. Esta situación se da a diario en el Flamenco, y no creo que sirva para hacerlo mas grande sino para que el que no tiene claro lo que es se confunda aun más. La degeneración de los palos ocurre a diario.

La Soleá pierde su carácter y su identidad cuando alguien dice Soleá, y en vez de pensar en La Serneta, Frijones, Alcalá, Triana, etc, piensa en algo moderno que vagamente puede asemejarse a una Soleá hecha por fulano de tal, algo actual, pues mire usted, la Soleá se definió hace tiempo atrás, mucho antes de que usted y yo naciéramos, y lo siento mucho pero no es moderno, es arcaico y profundo, hiere, corta las carnes, los sonidos negros y profundos, el sufrimiento…

Ahora bien, si usted quiere hacer algo diferente, como muy bien indica la palabra diferente, no es igual, así que el nombre no debería seguir siendo igual, si usted es tan creativo y moderno, por favor, cree también un nombre nuevo para su nueva creación. No trate de engañarse a sí mismo ni a los demás.

Esto no quiere decir que no haya espacio para la creación en el Flamenco, claro que lo hay, pero desde el respeto y manteniendo la forma, si pierde esto no es flamenco, pierde totalmente su identidad, puede que sea una música de altísima calidad pero no es Flamenco.

En los Fandangos ocurre lo mismo y es una buena forma para ilustrar este hecho. Fandangos hay muchos y cada uno tiene su propio nombre, hay incluso subestilos dentro de algunos estilo, pero para ilustrar esta diferencia difieren también en el nombre. No es lo mismo un Fandango de Alosno al modo de Manolillo el Acalmado que uno de la Conejilla, ni que uno de Bartolo de la Tomasa. Todos comparten su raíz pero no son iguales de ahí que no compartan el mismo nombre.

Pues entre los estilos modernos y el Flamenco hay mucha más diferencia que entre estos estilos, pero el nombre que se utiliza sigue siendo el mismo y he aquí el error.

Podemos ejemplificar mejor aun usando como ejemplos los Fandangos de Santa Bárbara y Santa Eulalia, que solo se diferencian en un cambio de tono, el mismo pero en distinto orden en los versos. Y el nombre varía para diferenciarlos.

Es solo una importante cuestión semántica, pero se debería tener en cuenta si se quiere respetar y conservar el Flamenco en el tiempo. No es lógico querer agrandar hoy en día desde el final, olvidando el origen o tergiversarlo, pues esta confusión no ayuda a la comprensión del Flamenco ni a su prolongación en el tiempo.

El Flamenco es una responsabilidad también y no existe Flamenco sin pureza.

Miguel Romero Torres

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Desde el exilio

“Pensando en ti me dormía
retrato del mismo cielo,
desperté, me vi sin ti
y eché a llorar sin consuelo,
Cielo, qué va a ser de mí”

Dieciséis años han pasado desde que el Maestro nos dejara. Dieciséis largos años. Ese vacío en el Fandango es difícil de llenar ya que es un pozo sin fondo. Paco fue mucho Paco.

La fuerza y hondura que solo él supo darle a este cante, el sentimiento y la expresividad, esa forma de agarrar la silla al cantar, esos tiempos en los Fandangos Valientes que eran casi hablados, hablados desde el alma, eso ya no se repetirá.

A pesar de esta nostalgia que impregna el alma de todo buen aficionado al Fandango de Huelva, a veces, tenemos la oportunidad de rememorar ese sonido, esa fuerza, y esa sabiduría en el cante ya que esa semilla que Paco dejó sigue presente hoy día.

¿Merece ser llamado justo sucesor? Juzgadlo vosotros mismos. Yo solo sé que se me saltan los lagrimones como puños al escucharlo entonar la primera frase, recordando a Paco.

Miguel Romero Torres

De otro tiempo

“Que bonito es el Fandango
al amanecer el día
en el silencio del campo
cuando voy de cacería,
unos tragos de aguardiente
con agua de manantiales
y si supieran la gente
estos ratos cuanto valen”

Estas navidades como todos los años, mi familia paterna se reúne en casa de mi abuela en un pequeño pueblo extremeño llamado Trujillanos, cercano a Mérida. Es un lugar de esos en los que parece que el tiempo pasa más despacio. Una tarde cualquiera, después de una generosa comida típica de pueblo, mi abuela se sentaba junto a la chimenea armada con sus agujas de punto y su ovillo de lana haciendo un jersey mientras hablábamos de la desvirtuación del Cante Jondo y todo el mundo asociado a este, entonces mi abuela me contó como era para ella su porción de ese mundo en su niñez, ese que ya no se reconoce hoy día, en un cortijo de la España de la posguerra a principios de los años cincuenta.

Después de un día de trabajo cualquiera en el campo, los hombres de la familia, campesinos todos ellos, volvían a cenar junto a las mujeres de la familia, que habían tejido, cosido, fregado, limpiado, cocinado, echado de comer a los animales, y un largo etcétera de “ados,” todos junto al calor del fuego, en esas gañanías.

En cuando en cuando aparecía el tío Fernando, un hombre mayor, pastor de ovejas de profesión y cantaor de afición, que volvía de sacar a pastar al rebaño acompañado de su perro, su vara, y su bota de vino.

Aficionado al Cante Flamenco, Fernando “el Castañuelas” como le llamaban, según mi abuela porque estaba siempre más feliz que unas castañuelas, era natural de Don Benito, otro pueblo de la provincia de Badajoz. Entre otros artistas, era muy aficionado a los cantes de la Niña de los Peines y según mi abuela era poseedor de una gran voz además de una gran afición al cante.

Después de cenar, el tío Fernando gustaba de beber algo de vino para alegrar el espíritu, acompañados de buñuelos, de los que era un enamorado, que la abuela de mi abuela preparaba con gusto para él, y cuando este se encontraba a gusto amenizaba la noche a la familia cantando, sin guitarra, algunos palos flamencos como soleares, siguiriyas, fandangos y bulerías. Algunas noches amanecía en las gañanías con los cantes de Fernando “el Castañuelas”.

Miguel Romero Torres