Especial entre especiales

“Tierra que me vio nacer,
cien años que yo viviera
siempre la recordaré”

Cuando un 21 de diciembre Paco llegó al mundo, Algeciras todavía no sabía que ese niño que asomaba iba a cambiar la historia del flamenco. Por eso, en esta ciudad de paso situada al sur de Europa, nadie se alarmó en demasía.

Alrededor de una década más tarde y residiendo aun en la ciudad que los vio nacer, “Los chiquitos de Algeciras” registran sus primeros trabajos discográficos. Paco cuenta con 12 años y solo los vecinos de la Bajadilla, entre corros, alertan de que “el niño de la Lucía, el Paco, toca hasta mejor que el Ramón y pinta para figura”. Solo sus paisanos más aficionados le hacen caso.

Llegan los 70 y Paco se sitúa en la cumbre flamenca. Se asienta en el trono revolucionario con Camarón de la mano formando la pareja más importante del pasado reciente del flamenco. Nunca podremos agradecerle lo que han hecho por nosotros.

Primero incomprendidos, después alabados; como les sucede a todos los que van por delante.

Se siente entonces preparado para devolverle a la ciudad que lo vio nacer parte de lo que le debe. Para ellos se organiza un concierto en la plaza de toros con él como artista principal. Algeciras se encuentra centrada en otras cosas y solo unas 500 personas aproximadamente van al concierto.

Desilusión, desolación, fracaso. Estocada de muerte para un genio.

A pesar del desencuentro, Paco de Lucía (Algeciras 1947-2014) sigue siempre fiel a sí mismo y a su teoría del 10% de inspiración y 90% de espiración, que tan buenos resultados le ha dado.

Llegan los años 80 y Paco ya es dueño y señor del toque flamenco tanto para acompañar como para concierto. Maestro de las futuras generaciones y piedra angular del movimiento cultural, empieza a recibir reconocimientos de su ciudad natal, que pone en el barrio del Saladillo una calle a su nombre.

Por fin llegan los 90 y España, rendida a sus pies, se le queda chica. Comienza la conquista del mundo donde sí hay amor a primera vista. Al Di Meola, John McLaughlin o Keith Richards quedan prendados de sus encantos. Algeciras le nombra hijo predilecto y recibe la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.

A partir de los 2000 todos son lirios y rosas. Recibe la Distinción Honorífica de los Premios de la Música, el Premio Príncipe de Asturias y es nombrado Honoris Causa por el Berklee College of Music de Boston y la Universidad de Cádiz. También recibe el Premio Grammy Latino por Cositas buenas.

En el año 6 de esa década, da su último concierto en Algeciras, recibiendo el reconocimiento de sus paisanos, y aunque no fue un baño de masas, lo trataron como merecía la ocasión, sirviendo la cita para saldar la vieja cuenta pendiente.

Ha sido hace ya muchos días, y en su entierro, cuando por fin su ciudad natal se ha volcado con él. Una ciudad entregada su genio. Gritándole, amándole; echándole de menos.

@maaf86

Master chefs de lo jondo

“Échale guindas al pavo,
que yo le echaré a la pava
azúcar, canela y clavo”

Que la música alimenta el alma lo saben hasta los ingleses: “Músic feeds the soul”.

“La música es una necesidad más como el agua, la comida, el aire o la calefacción”. Lo dijo el bueno de Keith Richards y a ese sí que no nos atrevemos a contradecirlo (God Save The King).

Pero claro, siendo bienes necesarios todos ellos no proporcionan la misma utilidad al consumidor, sirva de ejemplo el agua Solán de Cabras, que siendo agua igual que aquella que sirven en los paradores turísticos de Punta Cana, se disfruta mucho más. O una ración de calamares frescos, que en su óptimo punto de fritura aportan mucha más satisfacción que los calamares congelados de cualquier supermercado. Por tanto, la calidad resulta muy importante aunque tanto lo más como lo menos bueno nos hagan el avío.

De la misma forma, es evidente en temas culinarios que la mano que mece la cuna resulta primordial para convertir la materia prima en obra de arte (de esto último, Michelín y sus estrellas saben mucho).

Pues bien, en el flamenco pasa lo mismo. Están los ingredientes (soleares, fandangos, zambras), los instrumentos de trabajo (voz, oído, extremidades) y los intérpretes. Quizás estos últimos sean los más importantes a la hora de construir el cante grande. Maestros, que al igual que sus compañeros de fogones, sean capaces de sazonar, deconstruir, salpimentar o darle su punto a cada tercio para que la obra final resulte embriagadora, necesaria, sublime.

De preparar y enriquecer el cante sabían, casi más que nadie, nuestros protagonistas del artículo de hoy: Manuel Ortega Juárez y José Torres Garzón. Manolo Caracol (Sevilla 1909-1973) y Pepe Pinto (Sevilla 1903-1969) para más señas.

Genios y figuras de la época de oro del flamenco, artistas predominantes de la época. Sevillanos de pura cepa, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Grandes conocedores y señoriales. Pero sobre todo Cantaores.

Cantaores con regusto y paladar, de alta escuela. Con sabor andaluz exquisito. Etiqueta negra, denominación de origen.

@maaf86

Moraíto, Morao, casi negro

“Se ha quedado morado
de tanto llorar,
el barrio de Santiago
ya está fuera de compás”

El morado surge de la combinación del rojo y el azul. A priori, un color sin nada en particular, sin nada de especial, sin gloria ninguna.

Pero todos sabemos que, dependiendo del ámbito, el país o la cultura en que nos movamos, las connotaciones de los colores van variando, pudiendo llegar a provocar sentimientos realmente importantes en las personas que los perciben.

Si nos situamos, por ejemplo, en el ámbito publicitario, el morado transmite lujo, riqueza y nobleza. En cambio en el campo de la Semana Santa hablar de morado es hablar del Cristo de Mena y en el sector agrícola de uvas.

Hablar de morado en el flamenco, “morao” en andaluz, es hablar de guitarra y de Jerez, de solera y de compás, de arte y dinastía.

Porque en el flamenco no existe el violeta, el malva o el morado claro. Existe el “Moraíto”. Y hablar de “Moraíto”, Manuel Moreno Junquera (Jerez de la Frontera 1956-2011) es hablar de José Mercé y de la Paquera, del Torta, de la Macanita y de tantos otros que han disfrutado de sus contratiempos, sus acordes y su acompañamiento. Es hablar de innovación y tradición, de pureza y revolución, de risas y de llanto.

Si hablamos sin embargo del color “Morao”, hablamos de Manuel y de Diego.

Y hablar de Manuel “Morao” (Jerez de la Frontera 1929) evoca nostalgia, tabernas en blanco y negro, recuerda a Caracol y a Terremoto, a cante gitano y fatigas. Es presagiar el fin de nuestro arte por impuro y falta de rumbo. De tiempos ya extinguidos siempre mejores.

Por el contrario, hablar de Diego del “Morao” (Jerez de la Frontera 1979) es hablar de conocimiento, raíz y modernura, de Marina Heredia, Montse Cortés o Andrés Calamaro. Es hablar de genio, juventud, soniquete y sabiduría. Es hablar de ilusión y porvenir.

Hablar por tanto del morado en el flamenco es hablar de pasado, de presente y de futuro. Pero sobre todo es hablar de magia y de guitarra, siempre de guitarra.

@maaf86