Etiquetado: Jerez de la Frontera

La luna y la Tomasa

“Luna que brillas en los mares,
en los mares oscuros;
luna, tú no estás cansada
de girar al mismo mundo;
luna, quédate conmigo,
ya no te vayas,
porque dicen que a veces
se tarda el alba”

Se reconocieron al instante y se gustaron. La una era morena y cantaora ya desde chiquita; con solo 4 añitos desprendía ternura por bulerías en Rito y Geografía del Cante. La otra siempre atenta, se reflejaba en su dulzura y se dormía a base de nanas una noche sí y otras también; algunas veces nuevas y otras llenas, pero siempre alta y jerezana.

La una se hizo mayorcita y artista, dejando atrás bodegas y ferias sacó su primer trabajo discográfico en el 89. Inevitablemente llevaba un guiño para la otra, quien tantas veces la había inspirado, y lo tituló A la luna nueva. La otra devolviéndole el favor, la seguía allá donde actuase; y en Berlín, París o Nueva York, brillaba más que nunca por malagueñas, soleares o seguiriyas.

La una, Tomasa Guerrero La Macanita (Jerez de la Frontera 1968), hace tiempo que no graba, cosa que se echa de menos. Fue ya en el 2002 cuando alcanzó su culmen artístico en aquel disco titulado La luna de Tomasa, como no podía ser de otra manera. La otra sigue allí en lo alto, resplandeciente y esperando desde entonces a que se anime la gitana y vuelvan a las seis de la mañana, cantando y bailando de la mano.

@maaf86

Moraíto, Morao, casi negro

“Se ha quedado morado
de tanto llorar,
el barrio de Santiago
ya está fuera de compás”

El morado surge de la combinación del rojo y el azul. A priori, un color sin nada en particular, sin nada de especial, sin gloria ninguna.

Pero todos sabemos que, dependiendo del ámbito, el país o la cultura en que nos movamos, las connotaciones de los colores van variando, pudiendo llegar a provocar sentimientos realmente importantes en las personas que los perciben.

Si nos situamos, por ejemplo, en el ámbito publicitario, el morado transmite lujo, riqueza y nobleza. En cambio en el campo de la Semana Santa hablar de morado es hablar del Cristo de Mena y en el sector agrícola de uvas.

Hablar de morado en el flamenco, “morao” en andaluz, es hablar de guitarra y de Jerez, de solera y de compás, de arte y dinastía.

Porque en el flamenco no existe el violeta, el malva o el morado claro. Existe el “Moraíto”. Y hablar de “Moraíto”, Manuel Moreno Junquera (Jerez de la Frontera 1956-2011) es hablar de José Mercé y de la Paquera, del Torta, de la Macanita y de tantos otros que han disfrutado de sus contratiempos, sus acordes y su acompañamiento. Es hablar de innovación y tradición, de pureza y revolución, de risas y de llanto.

Si hablamos sin embargo del color “Morao”, hablamos de Manuel y de Diego.

Y hablar de Manuel “Morao” (Jerez de la Frontera 1929) evoca nostalgia, tabernas en blanco y negro, recuerda a Caracol y a Terremoto, a cante gitano y fatigas. Es presagiar el fin de nuestro arte por impuro y falta de rumbo. De tiempos ya extinguidos siempre mejores.

Por el contrario, hablar de Diego del “Morao” (Jerez de la Frontera 1979) es hablar de conocimiento, raíz y modernura, de Marina Heredia, Montse Cortés o Andrés Calamaro. Es hablar de genio, juventud, soniquete y sabiduría. Es hablar de ilusión y porvenir.

Hablar por tanto del morado en el flamenco es hablar de pasado, de presente y de futuro. Pero sobre todo es hablar de magia y de guitarra, siempre de guitarra.

@maaf86

Crónica de una muerte anunciada

“En esa luz estás tú
pero no sé donde estás,
no sé dónde está la luz”

Todo se vistió de negro luto aquella madrugada de principios de Septiembre en Jerez. El barrio de Santiago tan hecho al cante y a la risa quedó mudo de repente. No era para menos, Fernando Fernández Monje se había ido para siempre.

Tan horrible como previsible se antojaba el final de este artista legendario. Y es que a sus continuos problemas de salud se le unían un estilo de vida y una forma cantaora que parecía llamar a la muerte en cada tercio.

Cuando Terremoto de Jerez (Jerez de la Frontera 1934-1981)se quejaba por seguiryas, su inconfundible eco hacía presagiar que la peor de las suertes rondaba la esquina más cercana. Todo en ese instante era desasosiego, dolor, desesperanza, tragedia.
La muerte le llegó a los 47 años de edad, causa de un paro cardíaco el verano de 1981.Por tanto, cuando el gran genio de la literatura colombiana Gabriel García Márquez publicaba por primera vez Crónica de una muerte anunciada ese mismo año, no podía imaginarse que al otro lado del Atlántico el mundo del flamenco se estremecía por la marcha de uno de los cantaores jerezanos más valiosos de la última mitad del siglo XX, Terremoto de Jerez, y que en ese fatídico momento, la realidad superaba la mejor de las ficciones.

@maaf86