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Vámonos para Cádiz

“Existieron siempre en Cádiz
tipos de gracia y salero
en barrio Santa María, 
la Viña y el Mentidero”

Debió ser por aquel barco que llegó cargado de partituras flamencas. Quizá por ser principal zona de encuentro entre árabes, americanos, castellanos, gitanos y africanos. O tal vez por su gente, siempre dispuesta a la reunión, al mestizaje sin represalia, al enriquecimiento. La cosa es que la historia del Flamenco no hubiese sido lo mismo sin la ciudad trimilenaria, sin Pericón, Aurelio Sellés, el Flecha, la Perla o el Beni. Sin su acento por soleá, malagueñas o tanguillos, sin la barra del Manteca vibrando ante una seguiriya o unos tangos, sin la Cantiña y sus derivados, todo armonía, frescura, sensualidad, musicalidad, solera…

En Cádiz todo se canta y baila a su son, a su aire, por eso suena diferente. Quizá sea por la influencia del Maestro Patiño y su cejilla, por la pluma de José María Velázquez-Gaztelu, por su mar o por su luz, pero allí la alegría se contagia !Qué mejor ejemplo que el gran Chano Lobato o Ignacio Espeleta! Y aunque duela, la pena duele menos con los cantes de Adela la Chaqueta, el genio de Enrique el Mellizo y Macandé o los desplantes de la Mejorana.

Todo es especial en la ciudad de Gades, cuna del desgarro de Juanito Villar, de la dulzura de Encarna Anillo o David Palomar y la cadencia de Jesús Fernández. Y cuna también de la libertad y de la gracia, tierra de arte y salero, tierra sin igual. Siempre a merced de los vientos y de las olas del Atlántico, de esas olas que un día trajeron un barco cargado de partituras, sin las que hoy no tendría el mismo sentido el duende del flamenco.

Tanguillos de Cádiz de Chano Lobato.

Bulerías de Juanito Villar

Pablo Rondón/@maaf86